viernes, 16 de abril de 2010

MI SUEÑO INFANTIL DE SUBIR A UN CABALLO.



Mi amor por los animales ha nacido conmigo. Sin tener referencias en mi casa de la existencia de ningún animal todavía, yo soñaba con incluir en mis juegos infantiles la presencia de perros, gatos y cualquier otro que se dejara acariciar y mimar. La especie equina me atraía de modo especial a pesar de que a mi madre los animales de gran tamaño le daban algo de miedo y en los primeros años de mi vida, yo estaba siempre con ella. Pero lo innato pesa más que nada. Una inclinación especial que nos lleva a determinadas cosas suele ser más fuerte que otros razonamientos.
Por donde yo vivía pasaba una vendedora de pan. Toda la mercancía la portaba un precioso, dócil y fiel caballo que caminaba al paso de la señora por las calles vecinales y luego también la transportaba a ella por la carretera de un pueblo a otro sirviendo el pan a domicilio.
Yo me empeñé a pesar de mi corta edad, unos cuatro años en subir al caballo y aprovechar para acariciar su pelaje y su cara de bueno. Mi madre tenía miedo pero la vendedora me apoyó en mi deseo diciendo que no había ningún problema que su caballo ni se movería sin la orden de ella y que no corría peligro. Ví cumplido mi deseo, mi sueño de subi a un caballo real ya que hasta entonces lo había hecho en los tiovivos de la ciudad y los caballos mecánicos que circulaban por ella para la diversión de los niños.
Me sentí muy feliz. Ese recuerdo es imborrable. La única pena es que no tengo ninguna fotografía que plasmara tan bonita experiencia.

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